Pioneros de la Telefonía Argentina
A diferencia de los sucedido con el telégrafo, cuyas experiencias inaugurales en el Río
de la Plata fueron realizadas por un francés y un italiano varios años después que
comenzaran en Europa y Estados Unidos, las primeras pruebas efectuadas con el
teléfono se llevaron a cabo con tan solo dos años de posterioridad a la patente
presentada en 1876 por Alexander Graham Bell, de la mano de dos técnicos argentinos
y con aparatos construidos completamente por ellos.
Se
trata de los ensayos efectuados en 1878 por Carlos Cayol y Fernando
Newman quienes conectaron la Administración del Telégrafo del Estado con
la Estación del Ferrocarril del Oeste –distantes unas doce cuadras– con
total éxito “distinguiéndose hasta el metal de la voz de las personas
que empleaban el aparato” y pudiendo verificarse que también transmitía
correctamente “el canto y los silbidos”.
Siguieron a eso nuevas demostraciones, como una comunicación telefónica de prueba entre la oficina de
telégrafo del estado, ubicada en Piedad (ahora Bartolomé Mitre) 83, y la
del Diario "La Prensa", en Moreno 109, a 6 cuadras de distancia.
El acontecimiento fue cuidadosamente preparado por Cayol y Newman y
llevado a cabo en Febrero de 1878 con aparatos que transmitieron
exitosamente "la voz, el silbido, la música y el canto", ante la
presencia de numerosas personalidades de la época y un jurado
especialmente constituido. En ese jurado se encontraban , entre otros,
Luis Augusto Huergo, primer ingeniero graduado en el país, Guillermo White, también ingeniero de la primera promoción y Emilio Rosetti,
destacado matemático e ingeniero italiano fundador de la Facultad de
Ingeniería de la UBA.
Finalmente conformaron una sociedad para comercializar
el producto, y solicitaron al Gobierno una concesión que les diera el
privilegio exclusivo, en virtud de su desarrollo nacional. Pero no la
obtuvieron y nunca llegaron a prestar servicios comerciales. Pronto se
vieron enfrentados a la fuerte competencia de empresas de capital
extranjero, que desembarcaron en la receptiva Argentina de fines del
siglo XIX, buscando quedarse con un negocio que ya mostraba enorme
potencialidad.